“¡Mírame!”
Justin:
Aprieto el móvil con fuerza en mi puño. Lo he
intentando. Lo he intentado un millón de veces. Un millón y una pero siempre es
igual. No me atrevo. La vista se me nubla. Tengo ganas de llorar. De arrancarme
el pecho. ¿En qué momento lo hice todo mal?
Miro el teléfono entre mis manos. Lo desbloqueo. Y
la veo sonreír. Como tantas otras veces. La veo sonreír con esa sonrisa
inocente que esconde secretos. Secretos que solo yo he descubierto. Indagando. Descubriéndola. La pantalla se vuelve negra. Y vuelvo a desbloquear el aparato
para verla, para que no se me olvide. Porque van pasando los días y recordarla va costando mas.
Pongo el pin y voy a la lista de contactos. Tengo
su número memorizado pero quiero ver su nombre. Saber que está ahí. Deslizo el
dedo por la pantalla y llego hasta ella.
_____.
Y duele un poco. Aprieto su nombre. Y ahora aparece
su número. Ese que tantas veces he escrito. Ese que tantas veces he leído. Y
soy incapaz. No puedo apretar el botón. Y lo he intentado. Mil millones y una.
Siempre otra vez y otra y otra mas. Para que no se me olvide que está ahí.
Ella. Ella y su sonrisa. Pero no puedo. Me he vuelto cobarde en esto del amor.
No tenerla cerca hace estas cosas. Soy capaz de robar, de matar, de darle una
paliza a un tipo veinte veces mas grande que yo. Pero no me atrevo a llamarla.
Pero de todos modos, ¿qué iba a decir? ¿Qué la
quería? ¿Qué la echaba de menos? ¿Qué soy un sucio bastardo por no volver con
ella?
Suspiro. Y le doy una fuerte calada al cigarro. Ya
casi se está acabando y yo llevo mucho tiempo aquí parado. Delante de su casa.
Y ella ni si quiera lo sabe. La luz de su cuarto está encendida. Veo su silueta
a través de la ventana. Parece inquieta, se mueve de un lado a otro por toda la
habitación. Se pasa la mano por el pelo echándolo hacia atrás. Como siempre
hace. Como me vuelve loco.
Y sonrío. Sonrío como un lunático en medio de la
noche sintiéndome esclavo de esta. Esclavo de ella.
No dejo de mirarla. No dejo de pensar qué estará
haciendo. ¿Me echará de menos? ¿Tanto como yo a ella o un poco menos? Ni
parpadeo. No quiero perderme ni un solo segundo de este instante. La tengo para
mi. Lejos, demasiado lejos. Pero la tengo. Y parezco un jodido violador en
medio de una calle solitaria. Un niño en una tienda de regalos que sabe desde
el momento en el que baja del coche que no le van a comprar nada. Pero miro mi
juguete favorito sonriendo, mi parte buena. Porque es lo que ella tiene. Todo
lo bueno de mi. Y yo ahora solo me siento completa basura.
Vuelve a pasar a través de la ventana. Pero… Oh, un
momento. No está sola. Hay alguien con ella. Un chico. Alto. Parece que habla
con ella. Ella parece calmarse. Se abrazan. Aléjate. Suéltala. No es tuya.
Siguen abrazados. Y no lo soporto.
Otro. Está con otro en su habitación. El pulso se
me acelera. Tiro la colilla que ya no me hace sentir bien, no siento nada.
Vacío. Miro el móvil en mi mano. Otro. Es otro chico y ella. No soy yo.
Desbloqueo el móvil y su foto vuelve a sonreírme. Pero ya no la veo a ella.
Ahora sólo veo una foto, eso, nada mas. ¿Quién iba a querer a un monstruo? No
era para ella. Nunca lo he sido.
Tu quisiste alejarla, ¿recuerdas?
No eres tú el del cuarto. No eres tu el que la abraza.
Es otro. Tu no. Tu no. Tú. No. Nunca mas.
Aprieto el móvil con fuerza sin dejar de mirarlos.
Siguen abrazos. La ira está llenando cada una de mis células. Ella no es
tuya, ¿no lo ves? Tengo ganas de volarle la cabeza. A él.
Aprieto la mandíbula con fuerza. Las venas de mi
brazo empiezan a marcarse, estoy apretando con mucha fuerza. Lanzo el móvil al
suelo. Ni si quiera me importa, no voy a volver a por él. Sujeto la moto con
fuerza. Doy varios acelerones. Uno, dos, tres. Mírame. Cuatro cinco. Interrumpo
el silencio de la calle. Seis, siete.
“¡Mírame!” Grito en su dirección.
Y cuando las cortinas están a punto de abrirse,
acelero. Y me voy de allí. Con el corazón roto. Y recordando al hijo de puta
del cual iba a encargarme mas tarde.
_____:
“Mi madre se ha ido con mi hermano a casa de mi
tía. No volverán hasta el domingo.” Coloco los dos cafés sobre la mesilla. En
este tiempo me he vuelto adicta. No quería dormir. No podía. Las penadillas han
sido demasiado duras. “No hay problema, Ryan. Puedes dormir en el cuarto de
Jake.”
Asintió con la vista fija en la documentación que
había sobre mi cama.
Había convencido a Ryan de que saliera de casa y
que se viniera a la mía. Este fin de semana iba a estar completamente vacía y
yo… Bueno, yo no podía quedarme sola. No podía. Tenía miedo. Mucho. Cuando todo
estaba oscuro las pesadillas entraban. Y le recordaba. Y me dolía. Dolía como
el maldito infierno porque en todas le perdía. De una manera u otra, siempre
acababa lejos de él.
“Ryan, ¿me has oído?” Pregunto llamando su
atención.
Levanta la cabeza, confundido. “¿Eh? ¡Ah, si! Vale,
gracias.” Dice con una pequeña sonrisa.
Ahora tiene mejor aspecto. Es decir, ya no viste
esa ropa sucia que hacía días que necesitaba un lavado y él estaba en mejores
condiciones. Se había afeitado y ya no olía a muerto. Era un avance.
“Creo que tengo algo.”
“¿Qué?”
“Si, mira.” Me señala un papel que acaba de coger.
“Aquí sale el nombre que nos dijo Adam. Da… Da… Dama…” Intenta pronunciar con
el ceño fruncido.
“Damaio.” Dijo en su lugar.
“Exacto. Parece que hay un barco que llegará en su
nombre en dos días.”
Cuando Ryan se enteró de que Adam había visto a
Justin no tardamos ni un segundo en ir a hablar con él. Desde entonces hemos
ido siguiendo la pista poco a poco del grupo de Tony. En un principio no nos
fue fácil, todo el mundo nos daba largas o alguna que otra pista falsa. Pero
por fin habíamos encontrado una pista sólida. Un recibo. Con el nombre de un
barco llamado Damaio que desembarcaba en dos días, trayendo material para
Watson s.a, la empresa de Tony.
“Dos días…” Caminé por la habitación.
Dos días era poco tiempo. Muy poco tiempo. Pero tenía
ganas, muchas. Muchas ganas de verle.
“¿Qué vamos hacer, Ryan?” Pregunté sin mirarle.
“Colarnos, ¿qué mas podemos hacer?”
Caminé de un lado a otro por la habitación. Estaba
nerviosa. No podía dejar de moverme.
“¿Eres consciente de donde vamos a meternos?”
“Si, ____. Lo soy. Pero quiero que vuelva mi amigo,
mi hermano. Y si eso significa meterme en la boca del lobo, es lo que voy
hacer.” Dice con la mirada clavada en mí, seguro.
Echó mi pelo
hacia atrás, colocando hacia un lado. Suspiro y cojo aire. Mis pies no dejan de
estar quietos y el cuerpo me tiembla. Tengo miedo. Pero no miedo por ir allí.
No miedo por ir a buscarle. Tengo miedo por si nos rechaza. Por si no quiere
volver. Por si se ha olvidado de nosotros. De mi.
Tengo mucho miedo.
“¿Y si no vuelve, Ryan? ¿Y si no quiere venirse con
nosotros?” Mis ojos empiezan a llenarse de lágrimas. Le miro. Impaciente.
Sensible. Aterrada. “¿Y si aquello es mejor?”
“Eh, eh. Jamás pienses eso, va a volver.” Afirma levantándose de la cama.
“No nos ha llamado ni una vez… Y la chica… la chica
dijo que…” Los sollozos no me dejaban continuar.
Antes de darme cuenta estaba llorando. Ryan me
abraza y no puedo negarme. Lloro sobre su camiseta porque él es el único que me
entiende. Es él único que comparte mi dolor. Y no se rinde. Nunca. Y las lágrimas
caen cada vez mas fuerte. Me arde el pecho, la garganta, el corazón. No me
gusta el presentimiento que tengo de todo esto.
Ryan me abraza con mas
fuerza evitando que me rompa. Pero ya lo estoy, ¿no lo ves? Lo estuve desde el
momento en el que se fue.
“Tranquila… shh… tranquila,
____.”
Oímos el rugido de una
moto. Una, dos, siete veces. Y mi corazón se acelera. Como siempre que estoy
con él. Conozco ese sonido. Sé que es él. He oído ese sonido millones de veces
y me produce adrenalina. Como él. Como su voz.
“¡Mírame!” Su voz. Es él.
Corro hacia la ventana y
separo las cortinas lo mas rápido que puedo. No, no. Le veo ahí abajo. Sobre la
moto. No puede ser, tengo que estar soñando. Ha venido, está aquí. ¿Por qué no
me ha dicho nada? ¿Por qué no viene? Te necesito.Y no lo soporto mas.
Me giro 180º y salgo
corriendo por la escalera al piso inferior. Ryan se ha quedado atónito. Mira
por la ventana como si hubiera visto un fantasma. Pero no, es su amigo, su
mejor amigo, está vivo. Está aquí.
Mis piernas me controlan
por completo. Van dirigidas por mi corazón. Corro por el pasillo a toda
velocidad. Tengo que alcanzarle. Vamos, vamos, joder. No tardo en
llegar. Los pies me van ligeros. Abro la puerta de casa y salgo a la calle. Le
busco con la mirada pero ya no está. Llego tarde. Siempre llego tarde.
Corro en dirección hacia la carretera y me paro en medio de ella. Se aleja. Se
aleja de mí. No puedo alcanzarlo. Está a varias manzanas. La respiración se me
hace pesada, me cuesta coger aire. Le he visto. He vuelto a oir su voz.
Pero entonces, ¿por qué
estoy llorando? ¿Por qué el vacío en el pecho?
Me fijo en un pequeño
objeto que hay tirado en el suelo, a mis pies. Me agacho y lo recojo. Lo
reconozco. Es su móvil. Desbloqueo la pantalla y una foto mía aparece. Pero ya
no es la misma. No sonrío. El golpe a dado de lleno sobre mis labios y los ha
borrado por completo. Ya no hay sonrisa. El móvil se apaga. Se ha roto
totalmente.
Como yo. Como nosotros. Como
todo.
O tal vez, todavía no.
No hay comentarios:
Publicar un comentario